Introducción anterior

Ese día caminaba por la calle. La ciudad, aburrida como siempre, no daba más señales de vida que un par de zorzales y uno que otro insecto. Distraído, miraba mis pies levantarse del suelo y seguir su trayectoria por el aire hasta volver a tocar la tierra, para más tarde ver a su homónimo repetir el proceso. En un momento dado, advertí que una babosa se cruzaba en mi camino en el momento justo en que mi zapato izquierdo comenzaba a tocar tierra. Sin tiempo de reacción, sólo atiné a observar como desaparecía bajo el peso de mi cuerpo. Pero mi sorpresa no fue menor al advertir que, al intentar seguir mi caminata, mi pie no quería levantarse. Una extraña sensación cruzó mi mente que se debatía en si había sido o no bueno el acto de aplastar ese molusco y conseguir con eso un cambio en la rutina, o si hubiese sido mejor dejarla viva, esquivándola. Intentaba tranquilizarme diciendo que lo que había pasado había sido involuntario, ya que mi mente actuó más tarde que mi cuerpo. Pero sabía que mi mente entendía que la babosa estaba ahí antes de pisarla, y que, incluso, quizá esta supo el momento justo antes de morir que yo sabía que mi mente sabía que ella estaba ahí. Era todo un dilema moral, sobre todo para alguien preparado para un típico día de ciudad.

Como mi mente no podía expulsar esta idea de su interior (cosa que se acentuaba por el hecho de que no podía moverme y que, cuando ya se me estaba olvidando, intentaba caminar y la inmovilidad me recordaba que había matado una babosa), decidí pensar porqué había quedado adherido al cemento de la vereda. Quizá no había matado a la babosa, y esta estaba bajo mi pie tironenando resentida por mi falta de sensibilidad y tino. O quizá era un método de defensa que servía para que llegara un ejército de babosas que, lentamente, vengarían a su difunto hermano en una agonía desesperante para el asesino.
Publicidad por Bligoo.com

Escribe un comentario

¿Quieres usar tu foto? - Inicia tu sesión o Regístrate gratis »
Comentarios de este artículo en RSS